


Nace de mi abuela, de sus rituales silenciosos, de esas lentejas guardadas como promesa de prosperidad que hoy se transforman en metal y textura en mi colección Lentejas. Nace de mi madre, de su amor profundo por las joyas, de su manera de habitar el mundo con belleza. Heredé sus piezas, pero también heredé su mirada: esa capacidad de entender que una joya no es un lujo, es memoria, es vínculo, es celebración.
Mi padre le regalaba joyas a mi madre cuando quería decirle “te amo”. Tal vez por eso entendí desde niña que el metal y las piedras preciosas podían contener emoción.
Cada anillo, cada piedra, cada textura que diseño lleva algo de ellas: su fuerza creadora, su intuición, su ternura indomable. Si mi joyería tiene alma, es porque está hecha de historias de mujeres.
Y en marzo elogio esa raíz que sostiene, florece y vuelve a empezar.
Marzo es un mes para nombrar lo evidente: las mujeres son el pilar de mi negocio y de mi vida. Son mis clientas, mis amigas, mis cómplices. Son quienes sostienen, quienes construyen, quienes transforman. Ser mujer es desafiante y, al mismo tiempo, profundamente luminoso. Es aprender a ocupar un lugar en el mundo sin dejar de crear mundo.